lunes, 4 de mayo de 2026

La Paradoja de un Dios infinitamente misericordioso y un infierno eterno

Debo advertir que todo lo que sigue en este blog está escrito desde el punto de vista del Cristianismo.

No de alguna Iglesia en concreto, pues no pertenezco a ninguna y, además, casi todas condenan la creencia en la Reencarnación (Ese es el motivo por el que no pertenezco a ninguna), a pesar de que, en origen, el Cristianismo enseñó sobre este tema. 

En esta entrada trataré de:

La Paradoja de un Dios infinitamente misericordioso y un infierno eterno.

Son conceptos mutuamente excluyentes.


Para entrar directamente en el núcleo de la cuestión: si existe un Dios que es infinitamente misericordioso, y si existe una posibilidad de que un ser humano se salve a pesar de sus vicios y de sus limitaciones, un Dios infinitamente misericordioso elegirá crear los Universos bajo esa premisa, y no otra.

Para toda persona es evidente que todos nacemos con distintas circunstancias y tiempo de vida. Quien nace enfermo o pobre, o sometido a pasiones casi incontrolables, además de ser muy infeliz en su vida, estará abocado a desarrollar vicios y defectos, o tener que cometer actos reprensibles, todo lo cual le arriesga a condenarse eternamente, si solo hay una vida.


No solo eso, sino que resulta muy injusto. 

Dicen que si esa fue la Voluntad Divina, pues será así. 

Pero, como he escrito antes, si hubiera otra posibilidad de evitar ese injusto destino y de equilibrar las oportunidades, y la Divina Consciencia no la eligiese, ni sería infinitamente misericordiosa ni infinitamente justa ni infinitamente sabia.

No es posible que una mente humana sea capaz de elaborar una teoría más misericordiosa y justa, y que un Dios infinitamente misericordioso, sabio y justo no sea capaz de ello.


Pero, si las desigualdades evidentes entre las circunstancias de las personas no fueran algo aleatorio, ni algo caprichoso, sino que se derivasen de las propias acciones de vidas pasadas, y si cualquiera tuviera la posibilidad de enmendar sus errores y perfeccionarse a lo largo de múltiples experiencias en la materia, el Creador de tal camino seguiría siendo justo y su bondad nos dirigiría hacia la felicidad completa en un futuro más o menos lejano.

Escribió San Juan Evangelista en el Apocalipsis (la Revelación): "Quien a espada mata, a espada morirá; quien lleva esclavos será llevado como esclavo. Esa es la paciencia y la fe de los santos" (Apocalipsis 13:10).

Eso establece que las penalidades sufridas se originan en actos anteriores. Ahora bien, si esas penalidades existen desde el nacimiento (como son todas nuestras debilidades en el cuerpo o en el temperamente), eso ha de significar forzosamente que se originaron antes del nacimiento.

En el episodio del ciego de nacimiento, los doctores de la ley mosaica preguntaron a Jesucristo: "¿Quién pecó, él o sus padres, para que naciera ciego?". Y, aunque, en ese caso, el Maestro afirma: "No pecó ni él ni sus padres, sino que eso sucede para revelar la gloria de Dios", la propia pregunta da por hecho que la Reencarnación existe a los ojos de los doctores mosaicos, pues, ¿cómo iba a haber pecado sino un ciego de nacimiento antes de haber nacido?. Si su ceguera de nacimiento era consecuencia de sus pecados, es que esos doctores de la ley aceptaban que hubo una vida antes de esa vida, en la cual el ciego pecó y por eso en la nueva vida nació ciego.  


Recordemos, de paso, que fue el propio Jesucristo quien afirmó que Juan el Bautista era Elías, que debía venir antes que él. Y sabemos que Juan Bautista era primo del propio Jesús, y se conocen sus padres. Así, pues, Elías nació como Juan. O sea, renació.

Conozco las vueltas teológicas con las que quieren algunos justificar eso, diciendo que Juan tenía "la virtud" y el poder de Elías, o algo parecido. Pero el Maestro no dijo eso. Y también dijo en otro lado: "Al sí, sí. Al no, no. Todo lo demás viene del maligno". No podemos retorcer el significado de sus palabras, si es que creemos que las dijo, buscando significados retorcidos. Él fue muy claro en su afirmación.






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